“Desde donde quiera que esté”

  • Literario

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  • “Desde donde quiera que esté”

    “Stephanie:

    Me marcho. No vengas a buscarme, porque no me encontrarás.
    No espero que lo comprendas.

    Con cariño.

    Derek.”

    Esa nota fue el único rastro de mi existencia que dejé cuando me marché, aun a sabiendas de que ella no tenía ningún pensamiento de seguirme o de hacerme volver. Supongo que simplemente lo hice por exculparme ante alguien, sin importarme quién.

    Ya no recordaba desde cuándo me sentía así, desde cuándo todos los días eran igual de monótonos. Me levantaba, me duchaba, me preparaba para ir a trabajar, trabajaba durante varias horas, descansaba para almorzar, regresaba al trabajo y después volvía a casa: así, día tras día. Los fines de semana limpiaba la casa un poco, me hacía lo primero que encontrase en la nevera para comer y me tumbaba en el sofá a ver la tele, dejando que pasasen las horas entre programas estúpidos de televisión. Así, una vez llegaba el siguiente lunes volvía a repetir la faena, una y otra vez. Y así pasaban los días, entre debates y exposiciones de negocios, entre personas que iban y venían, entre superficialidad. Sí, estaba rodeado de gente, pero me sentía más solo que nunca.

    Nadie podía decir que no había triunfado en la vida. Había montado mi propia empresa, me iba bien y estaba casado con una preciosidad, una actriz que poco a poco estaba abriéndose paso en el mundillo. Vivía en una buena casa y podía permitirme todo el lujo que desease.

    Pero me faltaba algo, y no sabía el qué.

    Había rebobinado la película de mi vida hasta entonces y nada de ella me convencía después de terminar mi juventud. ¿Dónde estaban las esperanzas, los sueños, las metas, y todas las cosas y ideales que me había autoimpuesto años atrás? No me gustaba nada en lo que se había convertido mi vida, me sentía la parte sobrante de todo lo que pasaba a mi alrededor, y tan perdido y extraño como si fuese una pieza perteneciente a otro puzle. El trabajo me quemaba, estresaba y exasperaba: ni siquiera recordaba cuándo habían sido las últimas vacaciones reales que había tenido. Respecto a mi relación sentimental, ya ni siquiera nos hablábamos: sólo lo justo y necesario. La mayoría del tiempo ella estaba fuera de casa y regresaba a altas horas de la noche o de la madrugada, o incluso después de varios días. Si le preguntaba dónde había estado siempre se excusaba con algo, pero yo sabía que había estado con él. Lo leía en su mirada, siempre fija en el suelo cuando le preguntaba, en el color de sus mejillas, en su ropa arrugada: todos esos pequeños detalles que ya no estaban dirigidos a mí. De pareja sólo nos quedaba el nombre. ¿Quién era yo para retenerla cuando ni siquiera sabía lo que hacer conmigo mismo, y no estaba de acuerdo con nada de lo que pasaba en mi vida?

    El día que me puse a pensar sobre todo aquello me di cuenta de lo mucho que había perdido el tiempo en cosas tontas. En cómo había desperdiciado las horas en baladíes, y el esfuerzo y sufrimiento que no habían servido de nada. Después de todo lo que había hecho y de alcanzar la cima, me había dado cuenta de que le había ido dando la espalda a todo el mundo, de que ya no me quedaba nadie. Pensé en que si desaparecía, quizá nadie notaría mi ausencia. Nadie lloraría. Nadie preguntaría por mí. Nadie me echaría de menos. Desaparecería en un abrir y cerrar los ojos del mundo, de las conciencias de la gente. Tras unos breves pensamientos de todos quizás, pero poco más. Y el mundo continuaría girando, y los días pasarían como si nada hubiera sucedido. Todo a lo que había consagrado mi vida, como al dinero, no había servido de nada. Yo no era más que una mota de polvo entre todo el mundo, sin ni siquiera hacer algo por ese mundo que dijese que mi existencia servía para algo.

    «Tengo que hacer algo.»

    Hice una pequeña maleta, ni muy pesada hasta impedirme viajar con facilidad ni muy ligera como para que me faltara algo importante. Aparte de la nota, dejé todas mis demás pertenencias y sólo me llevé un poco de dinero.

    Decidí que buscaría algo que me realizase a mí mismo: pintura, escalada, música, religión, deporte... daba igual el tiempo que me tomase. Aprendería de mis errores, me levantaría cada vez que me derribasen. Iría hasta el confín del mundo si era necesario para encontrar mi felicidad. Disfrutaría cada segundo y, esta vez sí, dejaría una buena huella en la memoria de todos.

    Esos pensamientos ocupaban toda mi mente cuando cerré tras de mí la puerta de la casa.

    ***

    La niña correteaba por el aeropuerto abrazada a su pelota preferida. Su madre se había quedado hablando con una amiga con la que se había encontrado, por lo que enseguida se había escabullido lejos de su vigilancia.

    De pronto, tropezó y cayó al suelo, permitiendo a su preciada pertenencia escapar de su aferre y rodar un poco mas allá. Tras frotarse las doloridas rodillas fue en su busca.

    La pelota se había parado justo a los pies de un hombre joven. No tendría más de treinta años y portaba un sombrero, aparte de una vestimenta bastante informal. Ella alzó la vista y observó su rostro, alegre y radiante:

    -¿Es tuya? – escuchó que le preguntaba.

    Ella afirmó con la cabeza, a lo que él le tendió la pelota. Ella la recogió, y estaba dando media vuelta y marchándose de nuevo cuando se giró hacia el hombre de nuevo:

    -¿Usted también se va de vacaciones?

    Él sonrió:

    -No. Yo vuelvo a casa, por fin.
    ~ This world is beautiful, because everything is a lie. Because everything will die soon.
    The forest in which the leaves grow thickly, vividly.
    The warm light that shines down.
    The colorful flowers that bloom everywhere beneath a clear blue sky. All of this is a lie. ~