El Ultimo Caso De S.h.

  • Literario

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  • El Ultimo Caso De S.h.

    CAPITULO 1

    Su regreso



    Lo último que había sabido de él es que tuvo que irse del país por no sé qué problemas, pero, ahora estaba aquí, estaba plantado en mi puerta.

    Aun hoy en día, no sé por qué lo deje pasar, pero lo hice. Al fin y acabo supongo que una parte de mi quería seguir considerándolo mi amigo, mi viejo compañero. O puede que tan solo fue por sus ropajes, por su cazadora marrón oscura, sus zapatos negros con su pequeño tacón, sus vaqueros algo gastados por el uso y su sombrero, que aun después de cinco años, me resultaba familiar.

    -Hola Watson.- Me dijo quitándose el sombrero con su callosa mano derecha.- Cuanto tiempo.- Continua al ver que yo no reacciono.

    Una parte de mi quería cruzarle la cara de lado a lado y otra quería darle un abrazo. Cinco años, eran muchos años.

    Al final conseguí reaccionar y pude darle la bienvenida con toda la amabilidad que podía ofrecerle.

    -Hola Holmes. ¿Qué haces aquí?

    Él se quitó la cazadora, la colgó en el perchero que estaba al lado de la entrada y subió al primer piso. Aunque paso el tiempo, parece que el no cambio y también parece que recuerda bien la distribución de su abandonada casa.

    Cerré la puerta de la entrada y le perseguí hasta la única habitación que allí había.

    -¿Y nuestra ama de llaves? ¿Hoy no trabaja?- Me pregunto nada más abrir la puerta.

    -Veo que el sillón te sigue gustando. Y no, hoy no trabaja. De hecho, lleva tres años sin trabajar. Cuando usted se fue ella siguió cuidando la casa y al cabo de dos años murió…

    -Qué pena, era una gran mujer, sabia limpiar y hacia un buen te. No creo que la pueda sustituir.- Me dice interrumpiéndome.

    Su vuelta cada vez era más insufrible. Sherlock nunca demostró tener mucho aprecio por los demás, pero este comportamiento era frió hasta para él.

    Se levantó del sofá, miro por la ventana con sus manos metidas en los bolsillos de pantalón y con un tono de poderío me dijo:

    -Bueno, Watson, coge tu abrigo negro y sígueme, tenemos trabajo que hacer.

    Al parecer él no se daba cuenta del tiempo que había pasado, se comportaba como si no hubiera pasado ni siquiera un día. Como ya dije antes, siempre le vi frió pero esto era demasiado hasta para él, hasta para alguien con su mentalidad, con una mentalidad de desprecio hacia el resto de la humanidad.

    No estaba dispuesto a seguirlo, había pasado mucho tiempo y muchas cosas habían cambiado. Yo tenía mi vida, mi familia y él no estaba en todo eso pero eso no parecía importarle. En aquel momento no estaba seguro, pero un caso había llamado su atención y cuando eso pasaba, nadie podía pararle. Desde mi punto de vista, su única función en este mundo era una, encontrar y demostrar lo que los demás no podían hacer, y aun que me cueste reconocerlo, él era y seguirá siendo el mejor en eso.

    Pero decidí seguirlo, necesitaba preguntarle cosas, quería respuestas y estaba seguro que en aquella habitación no las iba a conseguir. Así que decidí coger mi abrigo negro y seguir sus pasos.

    Al llegar a la acera el levanta su mano derecha y gritando “Taxi” consigue que todo peatón casual le observara.

    -Holmes, esto ya no funciona así. Ahora si quieres un taxi tienes que ir a buscarlo o llamarlo.

    -Entonces, ¿para que los quiero? – Me pregunta bajando la mano y sacando su pipa del bolsillo derecho.

    -Veo que el hábito de fumar no lo ha perdido. –Le digo mientras decido llamar a un taxi ya que él no parecía estar por la labor de hacerlo.

    -Ni usted el de señalar lo obvio, mi querido Watson.

    Mis ganas de enseñarle modales aumentaban, pero prefería mantenerlas bajo llave. Una parte de mi lo seguía considerando mi amigo y no estaría bien recibir a un amigo con las manos en la forma que lo quería hacerlo.

    El taxi tardo unos diez minutos en llegar y Holmes no tarde ni un segundo en decir su destino. Sus prisas eran más que obvias, el caso que tuviera entre manos le tenía tan entretenido que ni siquiera se paró a hacer un comentario sobre la puntualidad iglesia o cualquier otra cosa que el solía decir tan solo para resaltar la incompetencia de los demás.

    -Dígame Watson, ¿Qué sabe de nuestro querido amigo Detective Inspector Lestrade?- Pregunto inclinado ligeramente el tronco y juntando. Con un poco de presión, las yemas de sus dedos.

    -Lestrade está jubilado. Hay otro joven ocupando su puesto pero no consigo acordarme de su nombre.
    Holmes endereza su postura, baja sus manos y mirando por la ventana comenta: -Por lo que veo, muchas cosas han cambiado en estos últimos años. Solo espero que los casos sigan siendo los mismos.

    El no parecía dispuesto a contarme nada, pero yo tenía preguntas que quería hacerle y respuestas que quería conseguir así que no pensaba callarme.

    -Holmes, dime, ¿por qué ahora? ¿Por qué has vuelto después de cinco años?...

    -Pues vera mi querido y viejo amigo. Durante mi estancia en España conocí a una persona genial. Su inteligencia era admirable, no llegaba a mi nivel pero aun así, hasta hoy en día, es la persona más despierta que conozco. – Tomo un respiro y siguió. – Él tenía un amigo británico que falleció hace poco y este amigo, del que le hablo, me contrato para resolver su dudosa muerte.

    No sé si lo hacía intencionadamente o no, pero estoy seguro de que sabía perfectamente que no era eso lo que yo le había preguntado. Pero visto su comportamiento estaba claro que en su mente no había sitio para nada más que para era “dudosa” muerte.
    Pasaron aproximadamente vente minutos en que el taxi se parara y, sin haberme dado cuenta, yo no sabía dónde estábamos.

    Holmes salió del taxi sin vacilaciones y se abalanzo rápidamente hacia la entrada principal de una enorme casa. A simple vista se podía observar aquella gran construcción de dos plantas, un gran césped que rodeaba los cimientos de hormigón y a Holmes dispuesto a atravesar la gran puerta de madera que seguramente tuviese más valor que mi pequeño apartamento.

    -Holmes, dígame, ¿Quién vive aquí?- Le pregunte situándome a su derecha esperando que alguien nos diera la bienvenido.

    -Como ya le dije, aquí vivía un amigo de mi amigo.

    Nada más oír aquellas palabras un chirrido dio aviso de que alguien estaba abriendo la puerta.

    -¿En qué puedo servirles?- Pregunto una señora de seguramente más de treinta años pero que no llegaría a cuarenta.

    -Me llamo Sherlock Holmes y quería preguntarle por Gabriel Wall.

    De repente un absoluto silencio surgió y no hacía falta ser Holmes para saber que aquel nombre era importante en este caso.

    -Lo siento señor Holmes, llega tarde, Gabriel está muerto…

    Sherlock se llevó las manos a la espalda y adoptando una posición firme, que ni siquiera los soldados más experimentados adoptaban, interrumpió a la señora.

    -Lo sé y de hecho llego en el momento perfecto. E sido informado de su muerte y por eso estoy aquí. Un amigo del señor Wall me ha contratado para asegurarse de que no hay nada extraño en su muerte.

    El silencio, esta vez incomodo, no tardo en reaparecer hasta que aquella señora delgada, de aspecto pálida y ojeras claramente notables nos invitó a pasar al interior de su casa.

    No puede observar mucho del lugar, pero seguro que para Holmes fue suficiente con lo que vio. Sus ojos eran felinos, tan solo con ver una mota de polvo ya sabía con precisión cuando y con qué destreza se había limpiado el lugar.

    La única estancia que pude observar detenidamente fue el salón en el que nos acogió la señora a la que le habíamos invadido la casa. Era un salón grande, aunque supongo que era normal para ese tipo de casa. Mesas de mármol, armario de madera buena, una gran araña con cristales de alto valor decorando el techo y, extrañamente, algún que otro juguete tirado por el caro parque y sofá de piel.

    -Perdón por el desorden. – Dijo ella inclinándose para recoger un pequeño cochecito azul de juguete. – Hoy la canguro está enferma y no tengo a nadie que recoja esto. – Dijo depositando el objeto en una de las estanterías del armario. - ¿Les apetece beber algo?- Pregunto ella amablemente.

    -Sí, un té con hielo, por favor. – Le pide Holmes.

    La verdad es que no me extrañaba, el utilizaba esa estrategia muchas veces en el pasado. Según me describió “-Es más fácil ver las cosas si los demás no estorban.” Y con los demás se refería a cualquier que no era él. Eso hizo que muchas veces me preguntara el por qué yo estaba con él, si todo el mundo era un estorbo, ¿porque yo no? ¿O acaso lo era también? Y si es así, ¿por qué me aguantaba? Supongo, que en el fondo, por mucho que se quejara, el también necesitaba hablar con alguien, necesitaba tener a alguien al lado para contarle cosas y criticar a los demás.

    -Dime Watson, ¿Qué pudiste observar desde que entramos? – Me pregunta interrumpiendo mis pensamientos.

    -Una gran casa, así que supongo que los dueños tendrán dinero. Tan bien veo que la señora tiene un niño pequeño. Pero la verdad es que no puedo decirte nada más.

    -Como esperaba de usted, mira pero no observa. En la entrada solo hay zapatos de mujer y alguno que otro más pequeño. De esto deduzco que en esta casa solo vive la señora Wall con su niño. Pero lo más importante, aparte de que hasta usted tenía que haberse dado cuenta de este domicilio era reciente, es la salud de la señora…

    -¿Su salud?- Le pregunte interrumpiéndole

    -¡Watson! ¿Para qué quiero un medio a mi lado si no puede ver ni siquiera lo más obvio de su profesión?

    Otro dato de Holmes es que para el todo era obvio mientras que para los demás eran cosas que no conseguíamos ver ni siquiera cuando nos las mostraban directamente.

    -Como hace mucho tiempo que no nos vemos, le daré una oportunidad de averiguarlo usted mismo.

    Holmes no me quiso decir nada así que me tocaba averiguarlo por mis propios medios.

    La señora Wall no tardó en llegar con él te de Holmes. Este tomo la taza, la observo detenidamente, la poso en la mesa, saco la cucharita de metal de su interior, se la metió en la boca y la dejo caer al suelo. Yo, durante todo este proceso, me dedique a inspeccionar a la señora Wall para ver si averiguaba a que se refería Sherlock.

    Al impactar la cuchara en el parque, al lado de la mesa, el sonido que produjo hizo que la pobre mujer girara bruscamente la cabeza y observara el suelo. Aquello me dio una pista bastante importante de su estado. El aspecto descuidado, algo pálido, las profundas e intensas ojeras y aquel estado permanente de alerta… Todo estaba muy claro y, desgraciadamente, a Holmes dicha situación le era muy familiar.

    -Watson, veo que ya lo averiguo. Enhorabuena. –Me dijo, con una tristeza muy clara, mientras la señora fue a buscar algo para limpiar el desastre de Sherlock.

    Una vez que la limpieza acabo, mi querido amigo detective, empezó con el intenso interrogatorio.

    -Vera, señora, seré directo. Un amigo del señor Wall fue informado de su repentina muerte y me ha contratado a mí para averiguar y confinar dicho incidente. – Hizo una pequeña pausa sacando un mini cuadernillo de su bolsillo izquierdo. – Por favor cuénteme todo lo ocurrido con el más mínimo detalle.

    La señora tomo una silla que tenía cerca, se sentó y empezó a relatarle a Sherlock el incidente.

    -Por donde empiezo. El martes 10 de noviembre, Gabriel, fue encontrado en medio de a acera delante de un gran rascacielos del centro. Los policías investigaron el suceso y dijeron que se trataba de un suicidio. Así que tampoco puedo decirles nada más.

    -Descríbame al señor Wall, si fuera tan amable. – Pidió Holmes.

    -Pues eran un hombre bueno, gran persona a la que quería.

    -Entiendo. –Comento el mientras apuntaba todo lo dicho por la señora en su pequeño cuaderno. –Si me disculpa, con eso es suficiente. Gracias por su tiempo y me asegurare de llevar al asesino de su marido ante la justicia.

    -No se preocupe, no creo que nadie le haya matado, confié en la policía. – Dijo ella despidiéndose de nosotros.

    Al llegar al 221B Baker, Homes me dedico sus últimas palabras de aquel día.

    -Watson, gracias por tu ayuda, hoy ya no te necesito, puedes regresar con tu familia. Yo necesito estar solo, tengo que investigar unas cuantas cosas.

    Sherlock cerró la puerta principal y no me dejo ninguna otra opción que irme. Durante el transcurso de mi viaje, pensé en todo lo ocurrido durante el día, y aun que no debía haber sido así, me sentí aliviado al verle de nuevo. Me sentí bien, seguro, alegre, supongo que al final volver a engancharse a las cosas siempre hace sentirse bien. Y eso era Holmes para mí, una cosa, un vicio, una droga. Cuando estabas con el, el tiempo pasaba de otra forma, (no más rápido ni mas lento, solo diferente), el mundo se veía de otra forma, todo cambiaba.